El presupuesto

 

 



Quiero escribir acerca de mi experiencia como artista independiente vendiendo mi música y todo lo que esto conlleva.

Hace un par de días conocí a los directores de una revista local que centraban sus entrevistas en la parte desconocida de lo que hay detrás de la creación de un álbum o proyecto musical: visibilizar cosas como la falta de dos mil o tres mil pesos colombianos para ir a un ensayo, o las diferencias ideológicas dentro del núcleo familiar por la música que quieres tocar y las dificultades que eso implica. Y es que casi siempre se documenta el resultado, dado que es lo que se supone que se debería vender, ¿verdad?

El principal sentimiento, después de mucho aprender y conocer de la música y la escena local —de producir, componer y ejecutar con mis propios medios y con ayuda de algunos familiares— es frustración. Sí, el desasosiego de comprender que, después de tanto empeño, ese sentimiento latente es inevitable y no alcanzamos a dilucidar por qué. No es nada romántico ni tampoco nada de qué sentirse orgulloso. Es la sensación de lanzar una moneda al aire y que el sonido metálico se pierda en el vacío.

Con poco más de diez años absorbiendo conocimientos y rodeándome de personas que trabajan en este gremio, puedo hacerme una idea clara de lo que se espera de uno como artista en un mundo donde la inmediatez pesa más que un contenido realmente construido.

Es un gremio complejo y atractivo, pero extrañamente poco valorado. Yo ubicaría primero a los creadores o artistas, que llegan con la idea principal; luego a los músicos o intérpretes; después a los técnicos e ingenieros de sonido; y, finalmente, a los organizadores y dueños de establecimientos —aunque estos últimos solo vale la pena mencionarlos si han logrado consolidar, con los años, equipamientos adecuados para los músicos (pero esa es otra historia)—. Todo esto desemboca en el arte detrás del arte: el sonido, las composiciones y, eventualmente, un show de un par de horas.

Y, sin embargo, en la mayoría de los casos, son los mismos artistas quienes se encargan de casi todo. Así ha sido en mi caso. Pero “todo” no es suficiente.

Porque todos sabemos que toca vender, convencer, gestionar, improvisar si falta algo horas antes de comenzar. Toca tener fe… aunque no ayude mucho. Le creo más a la obstinación y a la perseverancia, porque la fe no sirve de nada si no tienes carácter para liderar un proyecto donde, eventualmente, toca sacar las uñas para hacerle entender a quienes no se lo toman en serio que es tu proyecto y que harías lo que sea para que funcione. El 99% de las personas implicadas en un proyecto que no es de ellas jamás va a entender esto, a no ser que tenga uno propio. Casi como los hijos, según dicen.

Poco se habla del trabajo de campo cuando no conoces a nadie y realmente no perteneces al gremio: visitar bares, gastar dinero, conocer de primera mano a los músicos que se mueven en esos espacios. Presentarles tu proyecto y esperar que, con suerte, alguno se interese. Y luego entender que son sobrevivientes en un mercado angosto y mal pago, que los empuja a la bohemia y, muchas veces, a perderse en la corriente que más duro esté halando.

Mientras tanto, las redes sociales están inundadas de “expertos” que te enseñan cómo lanzar tu música con pasos infalibles para alcanzar el éxito. Pero, en realidad, la única verdad para un artista independiente que no ha tenido la suerte de “pegar” un tema o viralizar su trabajo es una sola: el presupuesto.

Sí, he aquí la gran verdad de la que nadie se atreve a hablar: el dinero. O, como dicen algunos de manera más elegante, el capital.

Un día comienzas a interesarte por la música y tienes varios caminos: estudiar en academia, formarte en producción en una institución o hacerlo por tu cuenta si el dinero no alcanza. Cada opción tiene diferencias claras: en la primera aprendes ejecución e interpretación; en la segunda, todo el entorno técnico y conceptual del audio; y en la tercera estás solo, con tus ganas, tutoriales de YouTube (si tienes internet) y cualquier instrumento prestado que puedas conseguir.

En mi opinión, ninguna puede existir sin la otra, pero las dos primeras dependen de la última. Porque, sin pasión ni determinación, simplemente se es otro funcionario más del mercado.

Pero nadie te dice que estudiar lo que amas ya no es suficiente. Después de graduarte, el mundo te empuja a seguir pagando cursos, diplomados, especializaciones; a asistir a cuanto conversatorio sea necesario, porque debes seguir los pasos de quienes ya “lo lograron”. Que me libre la vida del “coaching” desde el éxito; la idea de este artículo es escribir desde el fracaso.

Y aun así, estamos llenos de personas sobrecalificadas que no superan las mil reproducciones mensuales. Y volvemos a lo mismo: el presupuesto. Porque, si lo tuvieras, probablemente comprarías una pequeña porción de visibilidad en ese algoritmo que decide quién existe y quién no.

La formación es clave para que algo sea “vendible”. Pero esa formación también depende de procesos que muchos ignoran. De ahí la importancia de conocer tanto el arte como al artista: van profundamente ligados. El problema es que ya casi nadie conecta con ese proceso. Me atrevería a decir que a nadie le importa.

En un país tan desigual, la “apreciación” no es común. Después de hablarlo con otros músicos, entendí algo: la apreciación es un privilegio. Para asistir a un evento de un artista emergente necesitas tiempo, dinero y disposición. Es un ejercicio ligado al ocio y al poder económico.

Y en un país como el nuestro, estamos demasiado ocupados sobreviviendo el día a día como para contemplar algo más que la propia supervivencia. Por eso, quienes logran asistir a estos espacios —desde el privilegio o desde la carencia— son clave. Representan una forma de resistencia. Esta es, en esencia, la resistencia del arte.

Con el tiempo, uno aprende a organizar el portafolio hasta convertirlo casi en un documento institucional. La burocracia lo exige. Se vuelve una herramienta fundamental en convocatorias, aunque no infalible. También toca aprender a gestionar proyectos y adaptarse a lo que cada convocatoria pide.

Y ahí aparece otra capa del problema: la competencia. Miras alrededor y ves a muchos otros, igual de soñadores, intentando alcanzar ese mismo presupuesto. Entonces surge la pregunta: si esto no es triste, ¿por qué se siente así? ¿Es tristeza o es la misma frustración del inicio?

Porque, aunque diga que escribo desde el fracaso, también hay algo de éxito. He logrado sacar proyectos adelante, mejorar con el tiempo, asumir riesgos. He sido productor ejecutivo con mis propios medios y con la ayuda de familiares que creyeron en mí. Sin ese apoyo, nada de esto existiría.

El presupuesto fue crucial. El apoyo también.

Y, en teoría, debería ser así: cuando alguien en la familia tiene un proyecto, debería convertirse en un proyecto familiar. Pero no lo es. Con nuestra mentalidad, los proyectos terminan siendo cargas individuales, y por eso frustran.

Si miras historias de éxito, en la mayoría de los casos hay una red de apoyo detrás. Otra vez: el presupuesto.

Ante su ausencia, busqué otros caminos. Hace dos años empecé a competir por estímulos. La primera vez quedé cerca: a 5 puntos de ser “elegible”. La segunda vez, en 2026, obtuve 80 puntos, pero el corte estaba en 89. Más cerca… o más lejos, dependiendo de cómo se mire.

Pero esos puntos no aparecen solos. Requirieron estudiar, estructurar, organizar más de diez años de trabajo en pocas páginas para convencer a un jurado de que mi proyecto era viable.

Y aun así, no fue suficiente.

Entonces pensé: ya antes había vendido mi moto para financiar un proyecto. La falta de presupuesto nunca me ha detenido. Pero el desgaste es real. Más de diez años sin recibir remuneración. Dos familiares que empiezan a perder la fe. Un portafolio de más de 40 páginas resumido para no aburrir a nadie.

Y aparecen las preguntas:
¿qué hice mal?
¿no soy lo suficientemente talentoso?
¿no lo merezco?
¿me faltó estrategia?
¿debí hacer música más comercial?
¿debí elegir algo más seguro?

Ahí es donde uno entiende algo incómodo: ganar un estímulo no es solo el dinero. Es la validación. La visibilidad. El momento en que todos quieren trabajar contigo.

Y, curiosamente, eso también depende del presupuesto.

Porque cuando el presupuesto aparece, las cosas empiezan a suceder. Pero más allá de eso, predecir lo que sigue ya no depende de uno. Incluso ese algoritmo al que queremos pertenecer está fuera de nuestro control.

Y queda esa sensación difícil de ignorar: la de estar dentro de una estructura que decide demasiado, una especie de sistema que condiciona lo que vemos, lo que escuchamos y, en muchos casos, lo que somos capaces de lograr.

 

Lukas Guti

4/16/2026

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